Archivos para mayo, 2011

Esos que no son el Lido

Publicado: mayo 4, 2011 en Uncategorized

"El amor más sincero es aquél que sentimos por la comida", dijo Bernard Shaw, el hombre que no conoció el delivery paraguayo.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Oh, sí. El domingo, anteayer, me levanté algo más malhumorado y peleado conmigo mismo que de costumbre. Bajé las escaleras, sin bañarme o peinarme -bah!-, y llegué al comedor. “Para las 12 pedí el delivery de la Fina Stampa,  elegí varias clases de pastas” me dijo algún miembro de mi familia, con sonrisas y optimismo -puaj!-. (Las sonrisas y el optimismo, no las pastas).

Eran las 12:35 y la comida no había llegado. “No te apures tanto, seguro tienen otros trabajos”, dijo mi hermana.

A las 12:49 llamaron de La Fina Stampa a confirmar el pedido -que era uno inventado por ellos, no el que fue hecho por mi familia- que alcanzaba 500.000 guaraníes. Decidí que la mejor respuesta era darme una ducha y soñar con un mundo donde los deliverys cumplen y forman una Liga de la Justicia para combatir la hambruna mundial… La hambruna de la gente que puede pagar sus comidas, claro.

Finalmente, el domingo almorcé a las 13:44. ¿Te parece normal? Bueno, a mi no. Me parece algo lleno de frustración de mechupaunhuevomicliente que me hace sentir como atacado por un enano en celo. Pero esta no fue la primera vez (del mal servicio, no del pequeño sodomizador).  Un par de domingos atrás, en mi casa decidieron probar “algo nuevo y rico”, entonces llamaron a La Miga. Genial, ¿no? No, para nada. Las pastas llegaron frías. Y no uso la palabra fría solo para tratar de explicar que no estaban calientes. Estaban realmente frías, tanto que puse 3 capelettis en mi vaso y me serví gaseosa. ¿Lo peor? Era más rico que el hielo normal. No aceptaron quejas, cambios, mimos, ni nada. Bueno, la plata sí aceptaron, pero el servicio dado no fue el prometido. Faltó la otra parte del trato. ¿Alguien puede decir “chantaje”?

El problema es real, está creciendo y molesta mucho. ¿Cuál podría ser la solución? Bueno, al instante pensé que era la misma solución de todos los otros problemas del mundo (o de mi mundo, al menos). Me refiero, obviamente, a Burger King. Ese superhéroe que me salva cuando yo, indefensa damicela, soy atacada por los malvados servicios gastronómicos mediocres y ladrones que buscan conquistar el mundo para convertirlo en harina, que se usará para cocinar un plato horrible, que será entregado 3 horas más tarde de lo establecido. Y al final, pondrán en su fachada, por debajo del nombre del local: “Excelencia en nuestros servicios”. Claro que sí, ajá.

Entonces, ahí estaba yo. La barba crecida, la panza ruidosa, los ojos semicerrados y la boca escondiendo groserías. Mi cerebro ya saboreaba esas saladas papas fritas. El gusto de la enorme carne de la hamburguesa, el exceso de queso y las verduras de shopping -con el genial toque del pepino de plástico-, ya recorría mi lóbulo colesteral -no es un error ortográfico, yo tengo ese lóbulo-. Sólo tenía que esperar 45 minutos. Eso fue lo que dijo la chica, “su pedido llegaría en 45 minutos, señor Cantero. ¡Muchas gracias!”. ¿Por qué era tan amable? ¿Por qué? Hubiese preferido que me diga “su pedido podría llegar a tardar hasta 2 horas, señor Quenuncacomesano. Pero le prometo que valdrá la pena”, o “¿por qué no prueba con McDonald’s?”. Pero no. Me mintieron, me TUVIERON que mentir, una vez más. Cancelé el pedido, antes de que pase tanto tiempo que termine evolucionando a un ser sin piernas, sexo ni pelos, con ojos ciegos, que se comunica mediante la mente y se alimenta de las bacterias del suelo usando ventosas en las palmas de las manos.

Frustrado, triste y engañado decidí ir con los muchachos a Pancholo’s. El bueno y viejo de Pancholo’s, ese al que dejaste no sabes por qué, ya que siempre cumplió contigo. Aquél, que te obligaba a repetir la definición de “y sería algo así como el McDonald’s paraguayo”. Pancholo’s… ¡Qué buen lugar era! ¿Por qué lo dejé? Épicas noches con mi hermano mayor, cuando 2, 3, y hasta 6 Guazucholo’s caían en nuestras garras y eran enviados al peor de los agujeros negros que la naturaleza pudo crear. ¡Cómo disfrutábamos! Sí, Pancholo’s era la salida de esta pesadilla comestible que no podía comer porque nunca llegaba a materializarse. Había un único problema…

¿Y Pancholo’s adónde fue? Lo que encontré no se parecía en nada a lo que yo recordaba. Bueno, estaba el lorito insoportable con su tereré, sí. Pero al resto parece que se lo comió el bicho de Cloverfield y lo defecó ahí mismo, y se quedó con forma de balneario/restaurante de favela rechazada. No habían empleados. Creo que había una sola chica que te tomaba el pedido, te cobraba, después se cambiaba de ropa y te servía la gaseosa, después se volvía a cambiar y preparaba las papas y hamburguesas, se cambiaba una vez más y te los daba en bandeja. Como si fuera que me va a engañar… (Aclaro que todo ese proceso resumido en pocas palabras, tomó más de lo que parece. Como 1 hora y media). Las salsas -tan adorables en su época- eran un caldo de algo rojo, moscas, y pedacitos de servilletas. Visualmente, no encontré diferencia entre mi Guazucholo’s y una bosta de toro Hereford. Del gusto no me puedo quejar, porque no tenía ninguno. Eran las 23:15, cuando declaré la muerte de Pancholo’s.

Son ejemplos de algo que se quiere volver costumbre, pero que no podemos permitir. La lista de lugares sigue, y van desde Café Bohemia a McDonald’s, pasando también por Pizza Hut y llegando hasta La Vienesa.

Si algunas de estas personas se pichan, que se pichen y mueran en la espera de sus podridos deliverys. Pero la verdad es que cada uno de estos lugares llegó a tener algo, un plato, una bebida, un nosequé, que alguna vez nos atrapó a todos. Lo único que yo pido es que no se olviden de esos productos, de esa calidad, o de esa atención al cliente que les permitió crecer como un negocio rentable.

Y una cosa más, no son el Lido. Ese es el único lugar en el mundo que tiene permiso para tener una mala atención. Porque al menos, te lo retribuyen de otra forma. Pero ustedes no, no son el Lido.

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